La fidelidad

La fidelidad

Las infidelidades están a la orden del día, y – no solo en el ámbito de las relaciones personales-, se trata de un valor que se halla actualmente cuestionado en su totalidad.

Si preguntamos a gente joven y no tan joven qué supone para ellos ser fiel: – Fiel a sus creencias, a sus principios y valores, a su pareja… Nos damos cuenta que, en más de una, y dos ocasiones se asocia el valor de ser fiel con términos negativos como esclavitud, carga, pesadez, y/o falta de libertad.

Según nos explica, D. Alfonso López Quintas, catedrático emérito de filosofía, sí uno adopta en la vida una actitud hedonista y vive por y para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente. Y esa búsqueda de cambio constante es el que desplaza la posibilidad de ser fieles en la ecuación vital.

Esta actitud ante la vida lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera. De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso es lo opuesto al va y ven del cambio.

 Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.

Los abuelos, el mejor ejemplo de fidelidad.

La fidelidad brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar.

Por eso es importante entender que la fidelidad nada tiene que ver con aguantar, tiene que ver con crear. Es crear en cada momento de la vida lo que uno, un día se prometió crear.  Independientemente de las circunstancias, las sensaciones o sentimientos que se presenten en ese momento. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.

La fidelidad implica tenacidad y perseverancia en la vinculación a lo valioso. Algo que ofrece la posibilidad de vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Y es entonces cuando la fidelidad así entendida nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza.

Como indica D. Alfonso López Quintas, el que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta. Esto es muy difícil en una sociedad hedonista utilitarista, afanosa de dominar y poseer, que tiende a pensar que se puede disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde y nos encamina a un empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.

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